Mauro Mejía no tenía que morir. El pasado 31 de octubre de 2006 después de insistentes llamados de auxilio a los servicios de emergencia de la ciudad, se presenta la ambulancia UM0578 del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas (ERUM). Los paramédicos encuentran a un joven callejero que ya no puede hablar ni moverse, sus piernas y brazos ya no tienen fuerza. En harapos y con olor desagradable ocasiona repulsión a los tripulantes de la ambulancia, quienes sólo comentan: “Está drogado, que ya no se drogue y denle de comer”. Sus compañeros de calle insisten a los paramédicos en la urgencia de llevarlo al hospital ante la clara gravedad del caso. Se niega el traslado argumentando que no lo necesitaba. El joven Mauro murió al día siguiente.1
Como muchos jóvenes callejeros, Mauro Mejía encontró en el consumo de solventes un medio de socialización y disfrute con otros jóvenes; quizás como una alternativa ante la exclusión social que vivía por su condición de callejero. Él tenía claro que el activo2 dañaba su cuerpo, sus piernas cada día presentaban más dificultad de movimiento. Al igual que todos los usuarios de sustancias, en algún momento buscó alejarse del consumo de drogas pero sus alternativas inmediatas sólo fueron centros de internamiento informales –dirigidos por “ex usuarios”– donde los métodos de atención están sustentados en el maltrato físico y psicológico. Después de varias experiencias desagradables en los anexos para adictos perdió la esperanza de superar su adicción.
Un grupo de integrantes del Encuentro, conformado por dos bolivianas, un ecuatoriano y tres portuguesas, visitaron el centro toxicológico de Pantitlàn con el fin de establecer lazos entre los especialistas que trabajan ahí y sus organizaciones respectivas.